sábado, 19 de julio de 2008

Al fondo del tropel de la Nacional
En la Universidad Nacional hay 20 mil estudiantes y 240 grupos estudiantiles activos de distintas corrientes e intereses, pero apenas unos 400 jovenes son radicales. Una mirada desde el corazón del movimiento estudiantil. Especial para Semana.com
Por Raúl Alejandro Martínez*
Fecha: 07/14/2008 -
Un tropel huele a leche y vinagre, a pólvora, sudor, gas pimienta y césped. Esto dice Paula*, quien fue encargada de la “cocina” por varios años. Muestra el lugar donde se preparan los petos, las molotov y todos los artefactos de piedra, pólvora negra, azufre y balines que se van a lanzar, con tubos PVC, contra la Policía. Para neutralizar el efecto de los gases lacrimógenos que riegan los antimotines, se empapan la cara con leche y vinagre. La duración de cada contienda oscila entre dos y seis horas. En sede de Bogotá de la Universidad Nacional, las consignas han variado muy poco desde la década de los sesenta. Los problemas son los mismos, dicen algunos estudiantes. El tropel ha cobrado vidas humanas, desapariciones y, sobre todo, rabia y odio entre policías y estudiantes. (vea aquí el glosario de la jerga del tropel)

Paula es una mujer de baja estatura, morena, de cabellos alborotados y azabaches, ojos brillantes y mirada altiva. Habla con una voz gruesa y pausada de los días en que solía estar convencida de la piedra como el camino para las reivindicaciones. “Es una batalla – dice — y hay pequeñas victorias como, por ejemplo, cuando se les dañaban algunos escudos a los policías o se afectaba una tanqueta”. Dice que después de que la siguieron y amenazaron no volvió al tropel.

No toda protesta en la ciudad universitaria implica una batalla. La gran mayoría de los estudiantes no comparten esta manera de protestar. Para ellos proponer y deliberar no significa tirar piedra. El movimiento estudiantil es diverso y amplio y reducirlo a los grupos beligerantes es estigmatizarlo. Los líderes pacíficos lo pagan caro, los tildan de ser simpatizantes de los capuchos, los amenazan.

La Plaza Che
Jerga del tropel
El tropel en cifras

Veinte mil jóvenes estudian en la Nacional. Se tiene cuenta de 230 grupos estudiantiles que realizan actividades sociales, culturales, deportivas y también políticas. Los radicales son, si mucho, 400 estudiantes, organizados en una decena de grupos. Cuando arman sus batallas se les suman varios espontáneos, y pueden llegar a ser hasta mil estudiantes. Son pocos, pero pueden paralizar la universidad, alterar el orden público.

Cada vez que los grandes movimientos estudiantiles quieren denunciar o protestar por medidas oficiales, los beligerantes aprovechan. Este año los estudiantes se pronunciaron contra el Estatuto Estudiantil. Fue una movilización y un paro que transcurrieron pacíficamente. Convocaron a la reflexión a profesores, estudiantes y directivas sin que se presentaran altercados o agresiones. En las asambleas de estudiantes hubo sí formas simbólicas de protesta como el bloqueo de salones y otros mecanismos de presión para ser escuchados, pero nunca apoyaron tropeles.

El año pasado fue igual. En abril y junio se movilizaron en protesta pacífica casi diez mil estudiantes de la universidad porque no compartían la aprobación del artículo 38 del Plan Nacional de Desarrollo. En las marchas se censuraron los intentos de tropel de algunos anarquistas.

Una historia de letra y sangre…

Desde 1937, desde que existe, el extenso campus de la Universidad Nacional que ocupa varias manzanas entre las calles 26 y 53 y las carreras 30 y 50 de Bogotá, ha sido testigo de las diferentes transformaciones científicas, educativas, sociales y de pensamiento en Colombia, pero también, como el país, ha visto violencia y asesinatos.

El profesor Jesús Antonio Bejarano, el estudiante Carlos Geovani Blanco y el patrullero de la policía Ramiro Andrés Soto, han sido abatidos dentro de la Ciudad Universitaria. Asesinados entre 1999 y 2001. Ellos engrosan una lista que se inició con el asesinato de Uriel Gutiérrez, el 8 de junio de 1954, y de otros nueve estudiantes más al día siguiente, durante las protestas contra la dictadura de Rojas Pinilla. Cada 8 y 9 de junio se conmemora el Día del estudiante caído. Ese círculo perverso que se inauguró allí: protesta, represión y violencia sigue dándose hasta hoy, y se recrudece según el gobierno de turno.

El primer semestre de 2008 fue particularmente violento en las universidades. Ya no fueron batallas de piedra y palo. Ahora tiran rockets caseros, tubos cargados con pólvora, artefactos contundentes, armas peligrosas.

Antes los últimos embates del puñado de estudiantes violentos, el gobierno sacó de la manga una vieja receta. “La Policía debe entrar a cualquier recinto universitario en el que haya violencia”, ordenó el presidente Álvaro Uribe el pasado 29 de mayo, frente a un grupo de 24 estudiantes de la Universidad Pedagógica detenidos luego de disturbios, en los cuales rociaron ácido a miembros del Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios de la Policía).

Meter a la Fuerza Pública adentro de la Universidad tiene un mal precedente y, quizás por eso es tan resistido por los estudiantes hasta hoy. El 16 de mayo de 1984, durante la administración del médico Fernando Sánchez Torres, y después de graves disturbios, se permitió que la Policía y el Ejército desalojaran a los estudiantes de las residencias y el campus. El episodio desencadenó en hechos confusos durante los cuales murieron 17 estudiantes y la universidad fue cerrada durante un año. Después de dos décadas este hecho sigue sin aclararse.

Los radicales no son todos lo mismos

Entre radicales de la Nacional hay diferentes corrientes ideológicas. Están los camilistas (seguidores del Che Guevara y la guerrilla del Eln), los maoistas (admiradores de la revolución popular china y la guerrilla peruana de Sendero Luminoso), los de pensamiento bolivariano (afín esa rara mezcla de marxismo-leninismo y admiración por Bolívar, que caracteriza a las Farc y al chavismo).

Desde los noventa, el panorama se ha vuelto aún más complejo. Una defensora de derechos humanos estudiosa del tema explica que los camilistas tiene varios grupos: los TNT (Tercos, Necios y Transformadores), los BASO (Barricada Socialista), el GFIR (Grupo de Formación Integral Revolucionario), y el FER-Sin Permiso. En la corriente maoista sobresale el grupo Guardias Rojos. Finalmente, están los grupos CLANES (de un juego de palabras con clan y clandestino), donde convergen diferentes tendencias como el camilismo, centralismo democrático y marxismo leninismo. Pablo*, miembro fundador y activista desde 2003 del Clan Jaime Bateman Cayón, afirma que están en todas las universidades de Bogotá y en muchas del país.

Hace ocho años, en 2000, apareció en escena un nuevo actor radical. Es el Movimiento Bolivariano, MB creado por el actual jefe de las Farc, Alfonso Cano. Los conocedores dicen que son pocos pero que ya están no sólo en las universidades públicas, sino también en algunas privadas como la Libre, Javeriana y Externado.

Pablo del Clan Bateman afirma que la relación de CLANES con el Movimiento Bolivariano es esporádica y se articulan únicamente para llevar a cabo la protesta. “Uno no es amigo del que toma al lado de uno, del que rumbea al lado de uno, un verdadero amigo es el que tiene el valor de luchar al lado de uno”, dice Montaña. Pero ante la pregunta de si lo seduce el tropel, Pablo contesta rotundo: “No estamos en la clandestinidad por seducción, es una necesidad histórica… la clandestinidad no es un hobbie, es una forma de defender la vida y cumplir con la obligación moral de combatir”.

Sin embargo, además de las razones políticas de los radicales, existen otras de un orden más pasional. Patricia*, ex militante de un grupo que “tropeliaba”, explica: “(seducen)… los códigos comunes, el lenguaje, hay una ilusión y es que te crees fuerte, te crees muy fuerte, te crees invencible cuando además sales en colectivo a enfrentar al enemigo que en ese momento está encarnado en el modelo de Estado contra el que tú combates, y está encarnado en la Policía o quien disponga la fuerza pública o sea, el Esmad, o a quien pongan”.

Mariana, la que preparaba la “cocina” de los tropeles y ya dejó la militancia, baja un poco la voz y evoca esos momentos vividos intensamente. “Existe un lazo muy fuerte con el núcleo que tú conoces. Es una cadena de afecto que surge de compartir tu vida o tu seguridad; te pueden procesar, desaparecer o matar”. Los sentimientos son tan entrañables que muchas relaciones de pareja nacen en esa clandestinidad.

El lazo de confianza es amenazado, no sólo por la posibilidad de ser apresado por los agentes del Esmad. Están los que ellos llaman “tiras”, agentes de inteligencia que se hacen pasar por estudiantes y nunca están identificados. También hay otros que se meten en los círculos estudiantiles y caen por contrainteligencia. Los descubren porque toman fotos en los tropeles o están cercanos a la “fiesta”. Si hallan un infiltrado, la reprimenda es violenta. Paula confiesa algo incómoda: “He visto cosas tenaces, los encierran en los baños y los ‘levantan’, casi hasta matarlos, a veces tiene que ingresar la vigilancia de la universidad para salvarlos”.

Algunos agentes de inteligencia son jóvenes y otros ya entrados en años. “Los que me siguieron a mí eran muy mayores, tipos muy ‘paila’ (malos), muy viejos”, recuerda Paula. El otro enemigo de los estudiantes, clandestinos y no, son los paramilitares. Amedrentan mediante anónimos cargadas de advertencias y amenazas.

Sobreponiéndose a todos los peligros, algunos estudiantes se van a las pedreas, con la convicción certera de que éste es el único camino para ser escuchados. El hondo sentimiento de rabia por lo que ellos consideran injusto, muchas veces se mezcla con la euforia que produce la adrenalina espetada en la contienda, esa misma que se desborda en una violencia que es vista con estupor en los segundos que los noticieros de televisión dedican al orden público.

Samuel ya tiene un nuevo nombre.

Después de hacerse clandestino y ponerse una capucha negra sobre su cabeza se llama “Camilo”. Este es su “nombre de guerra” y su familia no lo sabe. Lo utiliza en las reuniones en las que deciden las “tareas” que debe cumplir en su núcleo. Minutos previos a la puesta en escena, se han reunido diez personas en algún lugar de la universidad para uniformarse. Una vez preparados, vestidos completamente de negro y puestos sus brazaletes como insignias, se dirigen hacia la Plaza Che, donde hallan la formación de un centenar de compañeros o camaradas (así se denominan entre ellos) que los acompañan en una jornada de protesta. Después de un discurso ante militantes y estudiantes expectantes, se cierran las palabras con voladores y petos. Se dirigen a la portería de la calle 26 que es una de las entradas de la universidad donde se hacen los tropeles.

'Camilo' se oculta en medio del frenesí que producen los estruendos de las primeras bombas “papas”. Suda. Se agacha y recoge del piso una botella con gasolina y mecha, es una molocha preparada previamente. Está dispuesto a lanzarla. No piensa. Es de aquellos que se inician en el combate. Antes de adentrarse en la vanguardia para arrojar la molotov, los segundos transcurren en medio de arengas y de pronto arroja la botella envuelta en llamas, con la ira contenida en su menudo cuerpo de veinte años. La bomba estalla contra el piso e incendia silenciosa las llantas de una tanqueta de la Policía.

Los de la Esmad

Vea aquí el tropel en cifras

Cuando el sonido estridente de los petos retumba en los alrededores de la universidad llega la Policía Metropolitana. Se cierran los carriles de la avenida Eldorado (la calle 26) y dependiendo del número de encapuchados aparecen las primeras tanquetas. Estos carros de blindaje especial, están equipados con cámaras de video y mangueras con potentes chorros de agua que utilizan para dispersar a la multitud. En la medida que el calor del tropel comienza a atizarse, aparecen los primeros Esmad con escudos y detrás de ellos otro escuadrón llamado manos libres, equipado con bastones de mando para repeler y capturar a los encapuchados que arrojan las “papas” y los petos. El último escuadrón son los llamados gaseadores, quienes se encargan de disparar las bombas de gas lacrimógeno.

Los policías del Esmad pasan por un curso de tres meses llamado Manejo de multitudes. El escuadrón fue creado desde 1999 como parte de apoyo a la Policía Metropolitana para controlar disturbios callejeros.

Dentro de un traje de policía antidisturbios el calor es intenso. Es un overol anti inflamable y una armadura negra de policarbonato que pesa doce kilos, casco con visor y protectores que le dan a su aspecto de robocop, el famoso agente cibernético del cine. Un Esmad debe ser joven, alto, atlético y de buen estado físico. Debe soportar en calma toda suerte de escupitajos, insultos y artefactos peligrosos.

También aguantan los estribillos hirientes que entonan los estudiantes: “En los libros hallarás, el tesoro del saber, policía tú serás, si no aprendes a leer”. Ningún estudiante enardecido parece ver al ser humano metido en el traje de la Esmad. No capta su miedo, ni su adrenalina.

Cuando el viento arrastra los gases lacrimógenos, el aire se tiñe de gris y el humo no se apacigua, los ánimos de los grupos se trenzan en una cadena eufórica de agresión. No es posible el diálogo y los escasos intentos se dan a través de funcionarios que trabajan en organismos como la Defensoría del Pueblo y la Secretaría Distrital de Gobierno. Ellos intentan mediar hablando con las partes para que cesen las acciones o se respeten los derechos humanos de los estudiantes y las personas que puedan ser detenidas.

El final

Una vez termina la batalla campal el panorama es desolador. Fernando Montenegro, vicerrector de sede en 2006 narraba lo que veía después de un tropel: “…vidrios destrozados, como escombros de un bombardeo; piedras que debieron ser parte del adoquinado por donde un momento antes avanzaban los compañeros de clase; sillas destrozadas, unas fueron pupitres y las otras, lugares de descanso para visitantes, alumnos o profesores, todas tiradas allí, convertidas en un conjunto de metales retorcidos y sucios”.

Luisa Cantor, la joven líder estudiantil, que trabaja para Bienestar Universitario en la organización de grupos, habla con mucha claridad y apasionamiento acerca de los problemas estructurales que aquejan a la universidad, sin embargo, sólo cree en los medios democráticos. El tropel, dice, es un mecanismo en desuso, agotado.

“Debemos pasar de la edad de piedra a la edad de la razón”, dice con ironía el profesor Carlos Medina.

La reivindicación de derechos, los cambios sociales y las grandes reformas de Colombia han empezado muchas veces en la universidad. Por esta razón, es tan apremiante que las voces de muchos estudiantes sean escuchadas, pero no a través de los estruendos, sino de las palabras, en acciones creativas. Esas que con el tiempo, generan los cambios y se convierten en símbolos.

El daño más grande que hacen los encapuchados no es sobre las paredes o las rejas de la universidad, ni siquiera sobre las tanquetas de la Policía, el daño más grande es cerrar los espacios democráticos para la mayoría y clavar en la memoria de la sociedad esa imagen prejuiciada de vandalismo.

Por eso si la respuesta del Estado ante la violencia en las universidades fuera la civilidad y el diálogo, restaría cada vez más argumentos para los encapuchados. Y no sólo eso, sería una respuesta, en apariencia, obvia pero pocas veces aplicada, que acaso apoyarían la mayor parte de estudiantes.

Cuando se visitan las exposiciones del museo de la Universidad Nacional o se camina por la Plaza Che después de escuchar a la Orquesta Filarmónica en el Auditorio León de Greiff, queda la sensación de que los artistas no gritan y de pronto tendrían mucho que decir. ¿Acaso puede ser el momento de hacer resistencia y propuestas a través de caminos más seductores?

* Los nombres han sido cambiados a petición de las fuentes.





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*Raúl Alejandro Martínez es estudiande de la especialización en Periodismo del Centro de Estudios de Periodismo Ceper de la Universidad de los Andes. El texto fue producto del taller de Reportaje.



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Exclusivo: responsable del atentado contra Wilson Borja fue capturado en Cúcuta
El mayor retirado César Alonso Maldonado fue recapturado esta mañana tras haberse fugado en 2004 de la sede de la PM-13 en Bogotá. La Corte Suprema lo condenó a 27 años de cárcel por un atentado contra el congresista Borja en el 2000.
Fecha: 07/15/2008 -
La Policía Nacional capturó esta mañana en Cúcuta al mayor retirado del Ejército César Alonso Maldonado, responsable del atentado que el 15 de diciembre de 2000 sufrió el entonces sindicalista Wilson Borja.

A mediados del 2007, la Corte Suprema de Justicia dictó sentencia en el caso del atentado contra el sindicalista, al considerar correcto el fallo por el cual se condenaba al mayor Maldonado a 27 años y nueve meses de prisión. Todo indica que este oficial recibió órdenes directas del fallecido líder paramilitar, Carlos Castaño.

El pronunciamiento de la Corte fue una respuesta a un recurso de casación que interpuso la defensa del militar. Aquella figura jurídica sirve para pedir la nulidad de una sentencia cuando se considera incorrecta.

La mañana del 10 de diciembre de 2001, Borja salió a las 6 y 15 de la mañana de su casa hacia la sede de la Federación Nacional de Trabajadores Oficiales, de la cual era presidente. Lo acompañaban sus dos escoltas. De repente, fueron atacados por una banda de ocho personas que viajaban en carros y motos, y que soltaron una ráfaga contra el sindicalista.

En el acto murió María del Pilar Bolaños, una vendedora de tintos que fue alcanzada por las balas de uno de los sicarios. En el cruce de disparos también murió uno de los agresores, mientras que Borja y uno de sus escoltas quedaron heridos.

En el suelo quedó el celular de uno de los sicarios y fue vital para lo que la justicia encontraría más tarde. En la memoria del aparato estaban registradas llamadas del mayor del Ejército César Alonso Maldonado, minutos antes del tiroteo. Luego se estableció que él había sido uno de los autores del atentado, obedeciendo órdenes del entonces máximo comandante de las Autodefensas Unidas de Colombia, AUC.

El mayor Maldonado fue detenido. Mientras estaba en cautiverio Luis Augusto Sepúlveda, el fiscal que investigaba el caso, realizaba sus averiguaciones. “A través de una investigación exhaustiva, Sepúlveda recopiló pruebas comprometedoras, entre ellas los registros de llamadas de celular, que implicaban en el crimen a un mayor del Ejército y a sicarios profesionales a sueldo de los paramilitares”, concluye un informe de la organización Human Rights Watch.

De repente, Sepúlveda fue destituido de su cargo por su jefe Luis Camilo Osorio. El nuevo fiscal encargado del caso ordenó dejar libre a Maldonado, bajo el argumento de que había vencido el plazo para tenerlo detenido.

La presión internacional no se hizo esperar y esta hizo que el mayor fuera privado de su libertad otra vez. Lo llevaron entonces a un calabozo en el Batallón Militar No.13, lal occidente de Bogotá. El sitio de su detención era atípico, pues normalmente el lugar de cautiverio de los militares es la base de Tolemaida.

En un hecho inexplicable, Maldonado desapareció de su celda en noviembre de 2004, a pesar de que había unos 30 hombres encargados de su custodia. Nadie sabe cómo logró pasar por la guardia sin dejar ningún rastro.

De inmediato, el presidente Álvaro Uribe le ordenó al entonces comandante de las Fuerzas Militares, general Carlos Alberto Ospina, removiera a todos los que tuvieron responsabilidad en la custodia de Maldonado. Al día siguiente el general Ospina ordenó la destitución de cuatro oficiales. Sin embargo, de manera sorprendente otra vez, dos de los militares de más alto rango que habían sido destituidos, aparecieron en nuevos cargos.

El coronel Jesús Vivas era el jefe de Estado mayor de la Brigada 13. Después de haber sido supuestamente retirado del Ejército, fue nombrado segundo comandante de la Fuerza de Despliegue Rápido.

El coronel Mario Valencia era el comandante del Batallón de Policía Militar No.13. Él, que tenía toda la responsabilidad de la fuga, fue a dar a la Brigada 6, en Ibagué.

Mientras ocurría todo eso dentro del Ejército, la familia del mayor Maldonado hablaba de una desaparición de su pariente. En enérgicas declaraciones, manifestaron que la justicia del país está “contagiada de izquierda”. Señalaron al dirigente sindical y al Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo (que lleva el caso de Borja) de “ser guerrilleros” y los responsables de la supuesta desaparición de Maldonado, según informes de ONG.

Por esos días, el Colectivo de Abogados denunció que en algunas universidades y en la Fiscalía aparecieron unos afiches anónimos y a color. En ellos “se señala a la Corporación Colectivo de Abogados como el ‘brazo jurídico del ELN’ y se solicita solidaridad con un héroe nacional, haciendo referencia al mayor César Maldonado”, dijo en su momento esa ONG.

También aseguraron que en el afiche se hacía un llamado para que la gente se solidarizara con el militar y le hiciera un reconocimiento como héroe nacional “ante la guerra sucia que han desarrollado el líder sindical Wilson Borja y su Colectivo de Abogados”.

Como pocas veces ocurre en Colombia, hubo un culpable de un atentado que estuvo tras las rejas por el delito que cometió. Pero Maldonado estuvo rodeado de sospechosas garantías para quedar en libertad. Incluso se llegó a decir que Maldonado había sido asesinado tras advertir que publicaría un libro con los vínculos que había entre soldados y paramilitares.

El mayor César Maldonado, quien tiene nueve órdenes de captura, deberá responder a la Fiscalía por varios delitos como homicidio y fuga de presos.


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Emblema de la Cruz Roja sí fue usado por oficial que participó en rescate de secuestrados: Uribe

Emblema de la Cruz Roja sí fue usado por oficial que participó en rescate de secuestrados: Uribe


En el video del rescate proporcionado por el gobierno colombiano no se ve el uso de las insignias de la Cruz Roja.

El mandatario dijo que el militar, equivocadamente, por nerviosismo y "contradiciendo órdenes oficiales", se puso un peto con el símbolo humanitario.


La utilización del símbolo de La Cruz Roja Internacional no fue indebido porque permitió la liberación de seres humanos dijo Eduardo Cifuentes
"Emblema de la Cruz Roja tiene que ser respetado en todas las circunstancias", recordó la entidad
Fiscal General cree que no hubo delito por uso de emblema del CICR en rescate de secuestrados

CNN dice que conoció pruebas de que Ejército usó logo de la Cruz Roja en rescate de 15 secuestrados "Este oficial, al confesarle ese error a los Altos Mandos, ha dicho que cuando el helicóptero se aprestaba a aterrizar, vio tal cantidad de guerrilleros, que se puso en una situación de mucho nerviosismo, que temió por su vida y que sacó el pedazo de tela con los símbolos del Comité Internacional de la Cruz Roja, que llevaba en su bolsillo, y lo puso sobre su chaleco", relato el Presidente.

Uribe reveló que esta mañana el ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, y los altos mandos militares se reunieron con delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja para explicarles el hecho y ofrecerles disculpas por ello.

Aseguró que no se revelará el nombre del oficial involucrado y que tampoco será sancionado por su conducta.

"Asumo la responsabilidad. Le vamos a pedir al oficial que tenga el valor y que pida a sus compañeros de misión que lo perdonen", explicó Uribe, quien destacó el éxito de la operación de rescate de secuestrados.

"Por respeto a nuestras Fuerzas Armadas que adelantaron esa operación sin disparar, con total cuidado para preservar la vida de los secuestrados y también para dar una señal en el respeto a la vida de los secuestradores, por respeto a nuestras Fuerzas Armadas pido que el nombre del oficial que cometió ese error, se mantenga en reserva, para no afectar su carrera y para premiar su capacidad de decir la verdad", agregó.

Previamente, la cadena de noticias 'CNN' había informado sobre el uso indebido de emblemas de la Cruz Roja Internacional en la operación, luego de que una fuente militar les mostró un video y tres fotos que demostrarían el uso de estos emblemas.

La cadena, sin embargo, no pudo comprobar la veracidad de las imágenes porque se negó a pagar el precio que les exigía la fuente por ellas.

El uso indebido del símbolo de la Cruz Roja es considerado "un crimen de guerra", de acuerdo con la Convención de Ginebra y la legislación internacional humanitaria.


El CICR había insistido en repetidas ocasiones en que "no recibió ninguna solicitud ni participó en la operación", considerada un éxito por el Gobierno colombiano.
16 Julio 2008 - 6:24am
Suiza pide a Colombia que cese los ataques contra su ex mediador
Por: EFE
El gobierno suizo informó que ha emprendido gestiones diplomáticas en Colombia para "pedir que cesen los repetidos ataques" contra el profesor Jean Pierre Gontard, hasta hace poco su mediador en la búsqueda de una solución humanitaria al caso de los secuestrados de las Farc.
La Fiscalía anunció este martes que convocará a Gontard para que responda por la acusación de haber manejado 500.000 dólares destinados a la guerrilla durante su misión mediadora.

Esa acusación fue lanzada por el ministro de Defensa de Colombia, Juan Manuel Santos, quien se basó en mensajes encontrados en los ordenadores del ex número dos de las Farc, Luis Edgar Devia, alias "Raúl Reyes" , abatido en una operación militar en territorio ecuatoriano, y que indicaban que el mediador suizo había llevado ese dinero a un emisario del grupo armado en Costa Rica.

En un comunicado, el Ministerio de Asuntos Exteriores de Suiza afirma que tuvo conocimiento de una eventual investigación contra Gontard "a través de la prensa", que no ha recibido comunicación oficial alguna al respecto y que su representante "trabajó en circunstancias extremadamente difíciles, a veces con riesgo de su vida".

Agrega que Gontard efectuó su misión "como parte de una facilitación internacional en la que participaron tres países (España, Francia y Suiza), que perseguía objetivos humanitarios" y que contaba con "el acuerdo del Gobierno colombiano". Suiza sostiene que ello "permitió salvar vidas y liberar a personas secuestradas en condiciones muy duras".

Asimismo, el Ministerio reacciona en el comunicado a las acusaciones de las autoridades colombianas contra Gontard relacionadas con la entrega del medio millón de dólares a las Farc.

A ese respecto, sostiene que "se trata de una facilitación que se remonta a 2001 en relación a dos personas de una compañía suiza" que habían sido secuestradas por el grupo armado. Suiza defiende que en ese caso Gontard "contribuyó al éxito de la negociación entre la empresa y las Farc" , pero que "nunca fue el portador de ese dinero", como "la compañía involucrada lo ha señalado con toda claridad".

La firma en cuestión es Novartis, cuyo presidente, Daniel Vasella, ha negado públicamente que Gontard hubiese llevado el dinero del rescate de sus empleados y, por el contrario, ha destacado el rol que éste tuvo en la liberación de los secuestrados.

Después del rescate de Íngrid Betancourt y otros catorce secuestrados el pasado 2 de julio, el presidente Álvaro Uribe decidió poner fin a la intervención autorizada de los países medidores y anunció su intención de establecer un contacto directo con las Farc.

EFE | Elespectador.com


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Campesinos y militares: nuevo choque por un muerto
Mientras el Ejército reporta que se trataba de un guerrillero abatido en combate, líderes de la región del Magdalena Medio insisten en que quien murió era inocente.
Fecha: 07/14/2008 -
Como ha ocurrido no pocas veces en el conflicto colombiano, hay dos versiones totalmente distantes sobre la muerte de una persona. Mientras el Ejército lo reporta como un guerrillero abatido en combate, los campesinos dicen que era un vecino que fue muerto en condiciones de indefensión.

De acuerdo con un comunicado del Ejército fechado el 9 de julio, “el Centro de Operaciones del Comando del Ejército reporta la muerte en combate de un terrorista de la cuadrilla `Raúl Eduardo Mahecha´ de las Farc, en hechos ocurridos en el municipio de Cantagallo, Bolívar”.

En seguida, los militares explican que “en la acción militar soldados del Batallón de Ingenieros 14 `Batalla de Calibio´ decomisaron un arma de fuego, una granada, un equipo de comunicaciones, ocho minas antipersona, tres barras de indugel y dos metros de mecha lenta”. En el comunicado no se ofrecen mayores detalles sobre el supuesto guerrillero.

Contrario a esa comunicación oficial, asociaciones campesinas de la región explican que el hecho ocurrió en la vereda Puerto Matilde, del municipio de Yondó (Antioquia), donde “el campesino Aicardo Antonio Ortiz (estaba) afiliado a la junta de acción comunal de la vereda Puerto Matilde y al comité de la tercera edad organizado por la Dirección Local de Salud del Municipio de Yondó”.

El lugar puede prestarse para confusiones, bien sea por parte de los militares o los campesinos, porque se trata de municipios vecinos cuya delimitación en zona rural puede resultar confusa. Estas es la misma región (el Magdalena Medio) donde los campesinos vienen haciendo insistentes denuncias similares. Desde 2004 hasta la fecha, van 16 quejas por muertes similares.

En su versión, los líderes campesinos dan más detalles sobre la muerte de Aicardo. “A las cinco de la mañana (del 8 de julio), el Ejército llegó a la casa de Aicardo. Tocaron la puerta. Como él no abrió rápido, el Ejército abrió a la fuerza, disparando y dando muerte al campesino”.

Aicardo estaba sólo en ese momento en su casa. Pero en una vivienda que queda a sólo 30 metros, escucharon tres disparos, los mismos que, según cuentan, tenía el cadáver.

Al escuchar los disparos, el vecino fue hasta la vivienda de Aicardo y “vio el cuerpo tirado. Rápidamente se fue hacia el caserío para dar aviso a la comunidad. Los campesinos organizaron una comisión decidiendo ir a donde sucedieron los hechos. Fueron unas 50 personas, entre niños, mujeres y hombres. El Ejército no los dejó llegar al lugar. Sólo pudieron acercarse a unos 100 metros. El vicepresidente de la junta de Puerto Matilde exigió al ejército que les entregaran el cuerpo, a lo que se negaron”.

Los campesinos cuentan que el oficial encargado* del grupo de soldados que estuvieron en el hecho insistió en que en el sitio donde estaba Aicardo hubo un combate. Y explicó que sus hombres estaban en esa vivienda verificando la versión de cuatro informantes que dijeron que allí estaban durmiendo tres guerrilleros.

Asociaciones campesinas de la región, mediante un comunicado, explican que el oficial insistió en su versión. “Los soldados llegan a la casa como a las 5:30 am. Tocan la puerta. El bandido abre. Como vio que era el Ejército, cierra la puerta. Entonces nosotros procedimos a abrirla. Él le dispara a un soldado. Por eso los soldados reaccionan y disparan dándole muerte. Él portaba un radio de comunicación, una granada y un revólver”.

Semana.com quiso conocer una versión más detallada por parte de los militares, pero hasta ahora están analizando el hecho.


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*Semana.com se abstiene de publicar el grado y el apellido con que los campesinos identifican al oficial, para no perjudicar su nombre, puesto que aún no hay un pronunciamiento judicial sobre el caso.

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Diez años, ¡DIEZ AÑOS!
La historia de los dos humildes militares nariñenses que tienen el triste récord de ser los secuestrados ‘políticos’ más antiguos.
Fecha: 07/12/2008 -1367
Íngrid Betancurt contó que tuvo una terrible corazonada cuando iba en el helicóptero que la llevaría hacia la libertad. Ella pensó –según dijo la noche de su liberación– que se iban a caer y que todo terminaría siendo una frustración más. “Pensaba eso porque después de tanto sufrimiento uno cree que la felicidad no puede ser para uno”, explicó.

Algo parecido es lo que sienten las familias de los secuestrados ‘políticos’ que siguen en cautiverio cada vez que otros afortunados logran la libertad. Al final, estas 25 familias se quedan con la sensación de que la felicidad no era para ellos. Y de las que más han sentido esa desazón son las de Pablo Emilio Moncayo y Libio José Martínez, los humildes militares nariñenses con más tiempo en cautiverio. Diez años, seis meses y 21 días, exactamente.

Ambos cayeron en poder de las Farc tras la sangrienta toma del cerro Patascoy en 1997. Desde entonces, sus familias viven una penuria sin nombre. Su tristeza de cuando en cuando se sobresalta por alguna noticia que les genera expectativas, pero hasta ahora todas han resultado una frustración tras otra.

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La más reciente se dio el pasado 2 de julio. Ese día, María Cabrera, madre del cabo Moncayo, estaba en su hogar en Sandoná, Nariño, cuando los niños de la casa hicieron un alboroto porque escucharon en la televisión que habían liberado a varios secuestrados. De inmediato María se plantó frente al aparato y siguió atentamente la noticia. Cuando el ministro Santos mencionó el nombre del segundo de los 15 liberados, la madre del cabo de inmediato sintió el dolor de que su hijo no regresaba a la libertad, pues sabía muy bien que él nunca estuvo con ese grupo. “Uno se alegra por ellos, pero la tristeza por nuestro hijo sigue ahí”, dice esta docente. El mismo desconsuelo sintió su esposo, el profesor Moncayo, en Pasto, donde lo sorprendió la noticia tramitando otro permiso laboral para poder emprender una nueva caminata pidiendo la libertad de su hijo. Les va a tocar seguir esperando hasta que la suerte les permita presentarle a Pablo Emilio los nuevos integrantes de la familia: una hermana y una sobrina.

Mientras tanto, en la zona rural de Ospina, Nariño, los padres de Libio José mantuvieron hasta el final de la tarde la esperanza de ser tocados por la buena noticia. Ellos, dedicados al campo, mucho más alejados de las noticias, sólo cuando vieron en su pequeño televisor en blanco y negro a cada uno de los liberados se resignaron a que su hijo no estaba entre ellos.

Don Libio y doña Esperanza Estrada, padres de Libio José, son de pocas palabras. Viven en una casa a medio construir a cinco kilómetros de la cabecera municipal, adonde van cada sábado para comunicarse con Las voces del secuestro y enviar a través de este programa radial un saludo que esperan su hijo escuche en lo profundo de la selva. “En las últimas pruebas de supervivencia, él nos dice que está bien, pero uno ve que está acabadito. Pero imagínese, se lo llevaron de 21 años y el sábado pasado cumplió 32”, dice el padre del secuestrado.

Durante el cautiverio de su hijo, don Libio ha tenido que superar las dolencias de un cáncer en el estómago, y doña Esperanza sufrió una trombosis que le limitó su movilidad.

Ambas familias se alegran por la reciente liberación, pero temen que ahora desaparezca la presión internacional y que el tema caiga en el olvido. Ya han pasado por eso. Recuerdan que cuando no había secuestrados internacionales nadie hablaba de este tema. Por eso esperan que el próximo 20 julio los colombianos participen de la movilización nacional por la libertad de todos los secuestrados. Los padres de los cautivos más antiguos del país marcharán una vez más abrigando la esperanza de que ya pronto, por fin, la felicidad será para ellos.

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Noticia de un milagro
Pero el problema de fondo, por el cual existen tanto los secuestros como los rescates, sigue intacto
Por Antonio Caballero
Fecha: 07/12/2008 -1367
El rescate fue de película, tal como lo dijo el ministro de Defensa Juan Manuel Santos. Rápido y limpio, con los quince secuestrados incólumes y dos de sus ocho mil secuestradores capturados sin disparar un tiro. Uno de los liberados lo resumió: "un milagro". Y el presidente Álvaro Uribe lo atribuyó a "la luz del Espíritu Santo y la protección de Nuestro Señor y de la Virgen en todas sus expresiones".

Tal vez sea esta la primera vez en la historia en que un rescate militar sale bien. No sólo en Colombia, sino en el mundo. Todos los emprendidos en el último medio siglo, fallidos o exitosos, se caracterizan por haber sido acompañados por un baño de sangre. Los dos del ejército ruso, el de la escuela de Chechenia y el del teatro de Moscú; el de la guardia nacional norteamericana en el rancho davidiano de Waco, Texas; el de los sinchis antiterroristas peruanos en la embajada del Japón en Lima; el de las tropas especiales indias en el Templo Dorado de Amritsar; el de la policía alemana en el estadio de Munich. Incluso el muy publicitado rescate de rehenes de los comandos israelíes en Entebbe, Uganda, dejó un reguero de cincuenta muertos. Por regla general, los rescates militares se ajustan al modelo extremo del asalto al Palacio de Justicia de Bogotá, del cual, veinticinco años después, todavía seguimos desenterrando cadáveres: "Un ejemplo para el mundo", lo llamó entonces el Comandante en Jefe del Ejército colombiano, general Rafael Samudio. El rescate de hace ocho días en el Guaviare, sin un rasguño, es la única excepción. Un milagro.

Felicitaciones para todos. Para los tripulantes del helicóptero que lo ejecutaron, para los generales que lo dirigieron y lo planearon, para el ministro que lo avaló. Y sobre todo para los secuestrados rescatados: quince personas vivas y libres. Y hasta para los guerrilleros que quedaron en tierra y no fueron ametrallados, y para sus dos jefes que salieron del trance sin más daño que un pistero en el ojo.

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Felicitaciones. Pero que no nos digan que fue un rescate militar. Fue, y por eso salió bien, una farsa teatral: una película (que muy pronto veremos repetida de verdad en el cine, con actores profesionales: Angelina Jolie en el papel de Íngrid Betancourt, y Woody Allen en el de Juan Manuel Santos). Una obra de teatro en la cual los soldados, sin armas y disfrazados de voluntarios de una ONG humanitaria, engañaron a los guerrilleros de las Farc para que les entregaran sus rehenes sin recibir nada a cambio. ¿Así de brutos son? Le preguntó el periodista Yamid Amat al ministro de Defensa. Y Santos respondió:

—No, lo que pasa es que el plan era tan audaz que el guerrillero más experimentado e inteligente no hubiera creído posible ni siquiera que se intentara.

Porque, en efecto, es increíble. Increíble en todas sus versiones, incluida la traducida por Íngrid Betancourt para uso de los franceses: "merci la France". Es un cuento tan increíble como aquel del valiente policía que hace veinte años se enfrentó en calzoncillos a los secuestradores de Andrés Pastrana y los persuadió de que cambiaran a su valioso secuestrado por él. Así lo hicieron, y gracias a ese canje (milagroso también: recuerdo que hubo un Te Deum de acción de gracias) Pastrana llegó a la alcaldía y luego a la presidencia. Del valiente policía en calzoncillos no se volvió a saber nada. Más verosímil suena la tesis del periodista suizo según la cual se les pagó a las Farc por el teatral recate. Sería lo lógico. El presidente Uribe lleva meses ofreciendo públicamente recompensas y beneficios jurídicos para los guerrilleros que entreguen secuestrados, y el ministro Santos reconoce que ese tipo de "colaboración" existe cuando dice: "Lo que usted llama 'colaboración' es penetración: es decir, convencer a guerrilleros de ayudarnos a cambio, la mayoría de las veces, de beneficios. En este caso no fue por recompensas, sino por venganza". Resulta extraño que un gobierno que ha hecho de la delación pagada uno de los puntales principales de su política antisubversiva, hasta el punto de recibir en prenda manos humanas cercenadas, prefiera atribuir este rescate de espectáculo a la intervención divina que al dinero.

Los guerrilleros capturados, por su parte, que podrían contar de quién querían vengarse, o quién quería vengarse de ellos, o si fueron comprados o de verdad embaucados o a lo mejor persuadidos con la promesa de una notaría, no dirán nada: van a ser extraditados y juzgados en los Estados Unidos por terrorismo y secuestro; y como la ley prohíbe a los Estados Unidos negociar con terroristas (aunque lo hayan hecho cien veces), en el juicio no se hablará de dinero. Y tal vez terminen, como los narcos, recibiendo estatus de testigos protegidos. En cuanto a los rescatados, ya el embajador norteamericano anunció por televisión, generoso, que también ellos recibirán la codiciada visa USA: "¡Ya han pagado su pasaje!", dijo el embajador.

Pero el problema de fondo por el cual existen tanto los secuestros como los rescates de secuestrados sigue intacto. La liberación de quince entre varios cientos es, claro, motivo de regocijo, por ellos y por sus familias; y es también, sin duda, un tremendo golpe a la moral de las resquebrajadas Farc. Pero no altera para nada las raíces del conflicto. Porque es un milagro. O sea, una simple anécdota


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