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jueves, 19 de marzo de 2009

Acuerdo Humanitario será la principal preocupación de Alan Jara tras recuperar su libertad

En su regreso exhibió un refinado sentido del humor y una memoria prodigiosa que le permitió mencionar con nombre propio a decenas de periodistas a los que escuchó durante sus 7 años de cautiverio.


Relató con mucha precisión de detalle el momento en que las Farc se lo llevaron el 15 de julio de 2001; la tarde del 18 de diciembre pasado cuando fue informado de que volvería a la libertad, y las 7 semanas de caminata para llegar al lugar en que fue recogido el martes.

Nada había en su rostro que delatara enfermedad o tristeza. Por el contrario, desde el primer momento en que apareció a través de las ventanillas del helicóptero que lo transportó desde la selva hasta la capital del Meta, dejó ver su felicidad. Su rostro enjuto y su figura menuda contrastaban con la fortaleza de sus palabras.

Aunque arrancó muchas carcajadas de los más de 100 periodistas que atendieron su conferencia de prensa, con anécdotas sobre su vida de secuestrado, como la de la diversificada dieta de lentejas, arroz y fríjoles, día y noche, lo que más llamó la atención fue su insistente reclamo al presidente Álvaro Uribe, por no acceder al acuerdo humanitario.

También aseguró que es equivocado afirmar que las Farc están derrotadas, concepto que adobó con más anécdotas, como la de su sorpresa cuando, en plena selva, un comandante guerrillero consiguió, de un día para otro, una olla a presión de 13 litros para cocinar los infaltables fríjoles, solo porque él se lo sugirió a manera de chiste.

Algunas palabras suyas hacen pensar que volverá a la actividad política, pero dijo que, ante todo, se dedicará a trabajar por el acuerdo humanitario hasta lograr que los demás secuestrados que "se pudren en la selva" recobren su libertad.

Respondió todas las preguntas de los reporteros y cuando alguien le sugirió que pusiera fin al interrogatorio periodístico, dijo que no, que había descansado mucho y que quería absolver los interrogantes.

Estaba lleno de agradecimientos. En varias oportunidades envió saludos a sus ex compañeros de cautiverio, a los periodistas de los medios de comunicación que han habilitado programas especiales para hacerles la vida más grata a los secuestrados, obviamente, muchas veces a Piedad Córdoba y al presidente Hugo Chávez.

Cómo fue el secuestro

Jara recordó que el 15 de julio 2001 fue invitado por la ONU a Lejanías (Meta) para la inauguración de un puente. Según su relato, al llegar a la zona se encontraron con un retén de la guerrilla, que les permitió seguir.

Sin embargo, al momento del regreso los guerrilleros le exigieron bajar del vehículo para hablar con él.

Dijo que tras un recorrido de 11 días, durante los cuales lo llevaron por varios de los municipios de la zona de distensión: Mesetas, Uribe, La Julia, Macarena y finalmente el Caguán. En este poblado, lo llevaron hasta donde Jorge Briceño 'Mono Jojoy'.

Comentó que el jefe guerrillero le hizo una serie de requerimientos y le pidió aclaraciones. "Usted no sabía que yo dije que iba a coger los parlamentarios para el canje. Le respondí que yo no era parlamentario y él me dijo que iba a serlo y aquí estoy, 7 años y medio después. Ojalá esas palabras sean premonitorias", contó ayer Jara.

Cómo fue la liberación

Poco antes de que se conociera la decisión de las Farc de liberar unilateralmente a seis secuestrados, el pasado 21 de diciembre, comenzó la marcha de Alan Jara hacia la libertad.

Según el ex gobernador, la jornada para su liberación "fue muy dura". Jara contó que duraron siete semanas caminando, "y para saber cada cuánto hacían un alto en el camino -porque tienen una capacidad de marcha increíble- yo contaba que cada 4 mil pasos paraban".

Jara aseguró que todos esos días se los pasó contando. "Calculé que pasamos de los 150 kilómetros a pie, para no contar los que recorrimos en lancha", relató.

Acuerdo Humanitario

"Al presidente Uribe lo único que tengo para pedirle es el acuerdo humanitario", dijo Jara.

Señaló que la actitud del Presidente no ha ayudado a que se produzca el intercambio y por ende la liberación de los secuestrados. "Lo digo con claridad, siento de todo corazón que Uribe no hizo nada por la libertad de nosotros", aseguró el ex gobernador.

Luego agregó que "siempre se dan hechos que, en una u otra dirección, apuntan a lo mismo, a que no se avance en el intercambio humanitario, a que no avance el diálogo político".

"No veo otra salida que la negociada", manifestó.

Para Jara, a los secuestrados que siguen en poder de la guerrilla se les está aplicando una pena de muerte por omisión, "que consiste en que hay un verdugo, que son las Farc, que es quien dispara y quien asesina cuando así lo considera, y hay una omisión cuando no hacemos nada por impedirlo".

Por ello consideró que la celebración de un acuerdo humanitario no significa que se debilite la política de seguridad democrática que ha aplicado el presidente Uribe. "No puede ser tan débil", dijo.

"Las Farc no están derrotadas"

Sobre la actual condición de las Farc, el ex gobernador del Meta también hizo algunos comentarios. Jara aseguró que "las Farc no están derrotadas", y confesó que no sabía qué se estaría diciendo acá, "pero allá en el monte hay muchos y la mayoría son jóvenes".

Para ilustrarlo, Jara contó cómo, en cuestión de horas consiguieron una estufa de gasolina porque estaban cocinando con leña y eso ocasionaba bastante humo. También relató que los fríjoles que cocinaban no se ablandaban y manera de chiste les recomendó conseguir una olla a presión.

"A mí me gusta ponerle picantito, y le dije, ¿por qué no se consigue una olla exprés? Al día siguiente estaba la olla exprés de 13 litros. Impresionante", comentó.

"Suplico que supriman las cadenas"

El recién liberado reveló que a dos de sus compañeros los tienen encadenados las 24 horas desde hace dos años. Según él, fueron castigados luego de que los propios guerrilleros cometieron una 'falta' al dejar flojas sus ataduras.

"Suplico que ese método lo supriman como método de sanción", pidió Jara.

Explicó que cuando los encadenan en parejas implica que hagan hasta sus actividades más íntimas en compañía: "Si yo voy al baño, usted va al baño", contó.

Agregó que, incluso, en largas caminatas los obligan a andar encadenados: "Si pasando un puente se cae uno, se cae el otro (...) es una circunstancia triste, dolorosa, hasta los mismos guerrilleros encargados de ponerlas arrugan la cara cuando hacen eso".

Jara relató que en una ocasión debieron atravesar así, atados, un ancho río: "Tenía unos 300 o 340 metros y en la orilla estaba 'Martín Sombra' dirigiendo la operación".

Según Jara, el guerrillero le preguntó a uno de los soldados si sabía nadar. A pesar de la respuesta negativa del militar, 'Sombra' se limitó a decir: "Bueno, cuidado, no se vayan a ahogar".

Lo más duro son las cadenas de la indiferencia que ustedes han contribuido a romper.

Operación 'Jaque'

De la operación 'Jaque', Alan Jara dijo tener la visión que tienen las Farc. Según él, la guerrilla sigue con el convencimiento de que "(alias) 'César' es un traidor y los vendió, y que la operación 'Jaque' fue eso". Jara agregó que "esa es la posición de las Farc. Es lo que yo oí y me consta".

REDACCIÓN POLÍTICA

Publicado en
www.eltiempo.com

sábado, 29 de diciembre de 2007

Una década de ausencia

Una década de ausencia

Dos humildes militares nariñenses cumplen 10 años en poder de la guerrilla. Son unos de los secuestrados con más tiempo en cautiverio en el mundo. Crónica de una infamia.
"El mismo día que nació el hijo, medio resucitó el papá". Así resume Claudia Tulcán lo vivido el 24 de marzo de 1998, cuando dio a luz a Johan Steven y se enteró de que su compañero y padre del bebé, el cabo Libio José Martínez, había sobrevivido a la sangrienta toma del cerro de Patascoy y estaba secuestrado por las Farc. A las 9 de la mañana nació Johan en el hospital municipal de Pasto. Dos horas más tarde, en la misma sala de parto, Claudia supo de la primera carta del cabo Martínez. Así acabaron tres meses de incertidumbre, de no saber si él estaba vivo o muerto, y comenzó la larga espera que una década después aún continúa.

La tragedia empezó la madrugada del 21 de diciembre de 1997, cuando 500 guerrilleros de las Farc se enfrentaron a los 32 militares que custodiaban el cerro Patascoy, ubicado en el límite entre Nariño y Putumayo. Fue tan abrumador el arsenal usado por la guerrilla, que la fría cumbre se convirtió en un auténtico infierno. El resplandor de las bombas que caían una tras otra iluminó la madrugada del Patascoy y produjo un calor descomunal. "Un muro me cayó encima y quedé atrapado, un compañero me jaló y logró sacarme, pero quedé descalzo. Todo estaba destruido. Las latas del techo de la base estaban por el piso y me quemé los pies porque estaban al rojo de tantos bombazos", recuerda Luis Alberto Castro, un soldado sobreviviente.

Castro y una veintena de militares aguantaron la toma hasta el amanecer, cuando se les acabó la munición y tuvieron que rendirse. A las 6 de la mañana el balance era tétrico: cuerpos destrozados, el rastro de varios soldados que se habían caído por los filos del cerro y los gritos de agonía de algunos otros malheridos. La guerrilla reunió a 18 supervivientes y les dijo que desde ese momento eran prisioneros de guerra.

Al medio día la noticia de la toma se difundió y los familiares de los soldados se agolparon en el batallón de Pasto en busca de información. En los siguientes días fueron llevados allá los cuerpos para que las fammilias los identificaran. Gustavo Moncayo, padre del cabo Pablo Emilio Moncayo, y don José Martínez, padre Libio José, estuvieron allí varios días hasta cuando el Ejército terminó la operación de búsqueda.

Angustiado por no saber la suerte de su hijo, el profesor Moncayo decidió subir por su cuenta al cerro. Y lo hizo a finales de enero de 1998. Al llegar a la cumbre pudo ver el letrero de recibimiento: "Bienvenidos al infierno del maldito Patascoy". Dos días después regresó a su casa en Sandoná, Nariño, con algunas cosas de su hijo que encontró en el campo de batalla. "Cuando mi esposo me trajo la billetera de mi hijo, fue muy duro. Tengo toda su documentación, pero no lo tengo a él", dice entre lágrimas María Esperanza, madre del cabo Moncayo. Al igual que los Martínez, esta familia sólo volvió a tener noticia de Pablo Emilio en marzo de aquel año, cuando aparecieron las primeras pruebas de supervivencia.

Desde junio de 2000, después de tres años y medio de secuestro, la situación se hizo más penosa para estas dos familias. Ese mes, en La Macarena, Meta, recobraron la libertad 16 de los militares de Patascoy junto a otros 226 uniformados secuestrados en otras tomas. Por su rango de cabos, las Farc decidieron prolongar el cautiverio de Moncayo y Martínez. A partir de entonces se rompió la costumbre entre los secuestrados y las familias de intercambiar cartas, algo que hasta entonces era más o menos constante.

Los Martínez viven en una vereda del municipio de Ospina, Nariño. Son una familia de labriegos de ruana y sombrero que habitan una casa propia a medio construir. Cada año pagan 10.000 pesos por el servicio de agua. Son beneficiarios del acueducto campesino que ayudaron a levantar. A su casa se llega por una trocha veredal. Don José se levanta a las 6 de la mañana a trabajar, algunas veces labora en su propio cultivo, otros días jornalea en otros sembrados. Con dos jornadas, don José reúne los 20.000 pesos para una misa en favor de su hijo secuestrado.

Hace dos años un fuerte dolor en el estómago lo dejó doblado en el piso. Lo sobrellevó hasta que no aguantó más y tuvo que ir al hospital de Pasto. Le diagnosticaron cáncer y lo operaron inmediatamente. A pesar de todo, sólo tiene una queja: "diez años de secuestro ya es mucho, deberían soltar a nuestro hijo", dice mientras su esposa, Esperanza Estrada, sentada junto a él, mira en silencio hacia el piso.

Johan Steven es físicamente la misma estampa que su papá, el cabo Martínez. Está en tercero de primaria y desde cuando vio a sus compañeritos "con unos señores", pregunta insistentemente: "¿Por qué yo no tengo papá?". La primera vez se lo preguntó a su mamá y ella no pudo más que romper en llanto mientras trataba de explicarle qué era la guerrilla, qué es estar secuestrado y qué es el acuerdo humanitario. A veces llega de la escuela, se encierra y mete la cara en la almohada mientras gime y se hace la misma pregunta una y otra vez.

La madre del cabo Martínez asegura que cuando su hijo regrese, le preparará el cuy más grande. En la huerta de la casa tiene un tablado donde cría para el consumo familiar 30 de estos roedores, que asados o cocinados en salsa constituyen el plato típico de la zona y la comida preferida de Libio José. Cuando él regrese a la libertad se sorprenderá de saber que estos animales ahora se comercializan empacados al vacío en supermercados de cadena. Al cabo Moncayo, por el contrario, no le gustará la noticia porque nunca pudo tolerar ese animal como almuerzo.

A las 4 de la mañana un campero con altavoz recorre las calles adoquinadas de Sandoná invitando a todos los pobladores a rezar la novena de vigilia por la libertad de Pablo Emilio y todos los secuestrados del país. La madre del cabo ya está despierta a esa hora y escucha el altoparlante mientras llora en silencio. Asegura que desde hace 10 años el sueño se le dañó. La familia Moncayo ha sufrido de múltiples maneras su tragedia. En una época todos en la casa perdieron el apetito y las comidas se quedaban en las ollas hasta que se dañaban. El afán por saber algo de su hijo hizo que María Estela llevara un radio en el que escuchaba noticias día y noche. Esa fue su obsesión hasta que se le afectó el oído y tuvo que dejarlo. "Ahora trato de tranquilizarme tejiendo o leyendo, y mi esposo, caminando".

La casa de los Moncayo también está a medio construir. Por eso desde cuando se levanta, la mamá del cabo empieza a dar instrucciones a los obreros que le ayudan en su adecuación. "Siento que él ya va a regresar y quiero que encuentre todo bonito", dice con un brillo de ilusión en los ojos. Desde cuando el profesor Moncayo se echó a andar para pedir la libertad de Pablo Emilio, Laura Valentina -la menor de sus hijas, de 3 años- pide a medias palabras que la guerrilla libere a los soldados para que él deje de caminar y vuelva a la casa a jugar con ella. Las otras hermanas del cabo se deprimen continuamente, sobre todo en fechas especiales. Febrero es uno de esos momentos, pues la familia acostumbraba a hacer una reunión para celebrar en conjunto el cumpleaños de Pablo Emilio y de Nora Elena, otra de sus hermanas. "Desde hace 10 eso se acabó. Llorar frente al retrato de Pablo Emilio es lo único que podemos hacer", confiesa la madre del cabo.

Los Moncayo y los Martínez se reencontraron el pasado 20 de julio en Ibagué, Tolima. Allí los segundos se sumaron a la marcha que había iniciado desde Sandoná el profesor Moncayo. Juntos caminaron hacia Bogotá para pedirle al presidente Uribe que renunciara al rescate militar y despejara la zona pedida por la guerrilla para acordar el intercambio humanitario. Durante la marcha apareció un video que es la más reciente prueba de supervivencia de sus hijos. En el documento ambos militares se ven delgados y envejecidos. El primero de agosto los marchantes arribaron a Bogotá entre los aplausos de una multitud que se sumó a su clamor. Sin embargo, nada de eso sirvió para que la guerrilla y el gobierno revaluaran sus argumentos "inamovibles".

Luego de permanecer tres días en las carpas improvisadas en la Plaza de Bolívar, los Martínez tomaron una flota y regresaron a su casa, donde hoy oran la novena implorando el añorado milagro. El profesor Moncayo ahora camina hacia Caracas intentando una movilización que conjure el rompimiento de la mediación que Uribe le había confiado al presidente Chávez. Ambas familias han hecho de todo, lo posible y lo no imaginado, pero salvo 10 largos años de espera, nada ha pasado.



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Senadora teme por su vida y pide ayuda para rehenes

Senadora teme por su vida y pide ayuda para rehenes
El Tiempo/GDA
El Universal

Jueves 20 de diciembre de 2007


WASHINGTON.— La senadora colombiana Piedad Córdoba denunció ayer un plan para asesinarla que estaría orquestado por un funcionario del gobierno de su país, el cual reaccionó de inmediato y le exigió también formalizar la acusación.
“Tengo información privilegiada de que dieron la orden de asesinarme. Ojalá sea mentira. Si me pasa algo, una persona cercana a mí lo podrá dar a conocer”, dijo la senadora en Washington, a donde llegó en busca de apoyo para lograr la liberación de rehenes en manos de las FARC.

La senadora también adelantó que varios congresistas estadounidenses se reunirán con el presidente Chávez para tratar las negociaciones con las FARC para la liberación de los rehenes.

Entre tanto, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, consideró ayer como “un signo positivo” el anuncio de las FARC, al tiempo que reiteró su deseo de que la colombiano-francesa Ingrid Betancourt pueda pasar Navidad con sus familiares.

Horas antes, el primer ministro, François Fillon, expresó la disposición de Francia a acoger a guerrilleros de las FARC detenidos en Colombia en el marco de un intercambio humanitario que permita la liberación.

Ayer, en Bogotá, el hermano de Clara Rojas, que fue compañera de fórmula de Ingrid Betancourt, secuestrada como ella en el año 2002, afirmó que cree que el momento elegido para liberar a su familiar es “un gesto para darle fuerza al presidente, Hugo Chávez, de Venezuela”.


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